domingo, 21 de abril de 2013

Amaneceres.

Desperté entre niebla y ceniza que se filtraban por una milimétrica raja de la ventana, el frío y el gris me desvelaron, busqué las sábanas y el sueño de nuevo, pero supe que era incapaz de retomar el hilo del inconsciente.
El sol despuntaba sus primeros y tímidos rayos sobre aquel pequeño pueblo de colores tristes y apagados, de casas de piedra, de nieve y de gente anciana que no salía de sus casas. 
Lentamente y como si me fuera la vida en ello, puse los pies sobre el suelo de madera, y sentí que bajaba de nuevo al mundo real. Avancé lentamente hasta la ventana, me tomó unos segundos correr las cortinas y observar el blanco manto que cubría el montañoso pueblo.
A pesar de las espesas y esponjosas nubes de tonos grisáceos, el sol conseguía hacerse un hueco tras ellas, calentando un lugar que en los últimos días se había convertido en un amasijo de nervios y terror. Nadie era capaz de salir de casa, las calles estaban desiertas, y la escasa presencia policial no servía de consuelo para una población atemorizada por un pequeño individuo que asaltaba casas y se dedicaba a matar a todo aquel que se encontrase dentro.
A mi no me molestaba el hecho de que alguien quisiera matarme, mi vida no había sido un gran camino y no me sentía orgulloso de ella, sabía que tarde o temprano me tocaría a mi, pues había tomado decisiones y había cometido errores que me hacían merecer aquel final.
Tras varios segundos observando la nada, giré sobre mis talones y me encaminé de nuevo hacia la cama, con la idea de permanecer allí el tiempo suficiente hasta que mi estómago reclamase alimento.
Mientras caminaba con la vista fija en el sucio colchón sobre el que descansaba una manta, advertí que no estaba solo en aquella descolchada habitación. Miré de reojo hacia mi izquierda, y en la oscuridad pude distinguir una silueta menuda, agachada en la esquina. 
El papel de las paredes estaba totalmente destrozado, lo que le daba una sensación de terror aún mayor. Continué mi camino hasta sentarme en la cama, de frente a la silueta, mirándola fijamente.
Sabía que me estaba observando, el brillo de sus ojos le delataba, apenas pestañeaba. Estaba esperando el momento perfecto para abalanzarse sobre mi y quitarme la vida.
Me pregunté cuánto tiempo le llevó planear aquello, desde cuándo estaba en aquella esquina, si me habría observado desde aquel lugar toda la noche. ¿Era premeditado mi asesinato o simplemente mi nombre figuraba en su psicópata lista?
Fuera cual fuera la respuesta a mis dilemas, no me planteé defenderme.
Seguimos observándonos en silencio, el olor a muerte le rodeaba y le concedía un aura de misterio.
Lentamente, vi cómo se incorporaba de su escondite, embutido en una gabardina oscura típica de una película. Sus ojos seguían mirándome fijamente mientras el brillo de una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro bañado de sombras.
Esperé sentado en mi cama, viendo cómo se acercaba. No me moví, no peleé por mi vida, tampoco supliqué que fuera rápido e indoloro.
No me importaba, no valoraba mi existencia. De hecho, me habría suicidado yo mismo si hubiera sido lo suficientemente capaz.
El hombre era tan pequeño que aún estando sentado me sacaba apenas unos centímetros. Su diminuto rostro seguía oculto en la oscuridad del cuarto.
Tras desafiarme con la mirada, se acercó a la ventana y cerró las cortinas de nuevo, envolviendo la habitación en una nube de sombras y negrura.
Volvió a su posición frente a mi y sacó un pequeño cuchillo. Pequeño pero lo suficientemente capaz de matar a una persona de una sola puñalada.
Se me formó un nudo en el estómago y el instinto quiso hacerme huir de aquel lugar, pero controlé mis impulsos y permanecí aparentemente inmóvil.
Sonrió de nuevo, y esta vez soltó una carcajada de suficiencia, orgulloso de sí mismo y de su trabajo. Por unos segundos me vi reflejado en aquel hombre, la maldad que desprendía hizo que recordara una etapa de mi vida años atrás. 
Alzó el brazo con la hoja del cuchillo apuntando hacia mi corazón, y comencé a sentir una oleada de sensaciones en mi interior. Comencé a respirar mucho más rápido, se me aceleró el pulso y el corazón parecía que iba a salir de mi pecho de un momento a otro.
El hombre rió aún más alto y echó la cabeza hacia atrás, como si aquello le excitase, le ponía a cien.
Entonces no sé por qué alcé un brazo y detuve el suyo en el aire. Saqué fuerzas de donde no sabía que había y lo miré fijamente, sin saber lo que estaba sucediendo. No me sentía dueño de mi cuerpo, algo me empujaba a hacer aquello.
Me puse en pie y le miré, entonces fui yo quien sonrió lobunamente, pude ver el brillo de mis ojos reflejados en los suyos, y supe que estaba perdido, que iba a matar a aquel hombre, que no tenía opción alguna.
Le arrebaté el cuchillo de las manos y lo lancé rápidamente hacia su pecho, lo hundí en su piel y eso me hizo sentirme bien, extremadamente bien. Un subidón de adrenalina se apoderó de mi y no pude parar de acuchillarle, de mirar cómo la vida se escapaba de aquel mutilado cuerpo y de cómo la sangre de aquel hombre inundaba el suelo de la habitación, roja, filtrándose entre las tablas de madera y goteando en el piso de abajo. Pero no me importó que me encontrasen en aquella situación, estaría mejor encerrado en cualquier lugar, donde no pudiera herir a nadie más.
Me consideraba peor que el hombre al que acababa de matar, él podía o no tener motivos para asesinar a alguien, yo simplemente lo hacía por el placer de ver correr la sangre en el suelo, de ver cómo se apaga el brillo de sus ojos al morir.
Sentí repugnancia hacia mi persona y sin pensarlo apenas un par de veces, hundí el cuchillo en mi costado y caí de rodilla al suelo, con la mano ensangrentada en la piel.
Volví a hundirme el cuchillo, esta vez más arriba. Una oleada de dolor se extendió por todo mi cuerpo y un pequeño quejido se escapó entre mis dientes. Me doblé en el suelo y solté el cuchillo casi inconscientemente.
Permanecí así un tiempo que se me antojó eterno hasta que comencé a notar que mi conciencia se escapa a otra parte. Apenas sentía nada, no era consciente de que estaba tumbado en un charco de mi propia sangre, de que había terminado con mi vida en un impulso irracional.
Cerré los ojos y me dejé llevar tranquilo por el sendero de la muerte, esperando ir a otro lugar distinto a aquel mundo sucio y lleno de tinieblas. Aunque en el fondo sabía que de existir un lugar mejor, yo no merecía entrar en él, aspiraba a observarlo desde una verja.
Ese fue el último pensamiento antes de abandonarme totalmente, satisfecho de haber hecho algo que tiempo atrás no fui capaz de hacer, no me sentí cobarde por suicidarme, me sentí orgulloso.


Vir.

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